Toma, lee
A partir de que —como dice el
dicho— tuvo uso de razón y Agustín aprendió a leer desarrolló su gusto por los
libros, gusto que al paso del tiempo se convirtió en pasión que sólo rivalizaba
con su devoción religiosa. Sin embargo Agustín supo combinar ambas debilidades
sin conflicto, se convirtió en un reconocido coleccionista de libros,
principalmente religiosos.
Invirtió todos sus recursos, tanto
los que había heredado de sus prósperos padres, los que ciertamente no eran
pocos ya que fue hijo único, y los que obtuvo en el ejercicio de su profesión
de abogado. Célibe recalcitrante, nada lo distrajo de su bibliomanía.
La que fuera la casa familiar de
tres generaciones se convirtió en una formidable biblioteca al punto de que con
el paso del tiempo en más de una ocasión estudiosos e investigadores académicos
le solicitaban a Agustín permiso para consultar su ya para entonces reconocida
colección. Un ejemplar del Liber
Chronicarum de 1493, era la estrella de su colección, incluso tenía un importante
incunable americano, el Escala
espiritual de San Juan Clímaco impreso en la Ciudad de México en 1539.
Una decisión que a Agustín le pareció difícil e importante fue la diseñar
su ex libris, éste tenía que reflejar el espíritu con el que había ido
formando su colección. Fueron muchas las imágenes y lemas que consideró, sin
embargo terminó eligiendo una de las primeras y ciertamente populares, era la
imagen de San Jerónimo debida a Domenico Ghirlandaio el
pintor italiano del siglo XV. En cuanto al lema que iría junto a la imagen
estudió frases y citas en latín y griego, finalmente no le resultó difícil
optar por la que se dice hizo que su canonizado tocayo Agustín de Hipona acudiera
a la Biblia: Tolle, lege y para
completar la idea agregó en español y
ruega por mí. De esta manera pensó Agustín que cualquiera que leyese uno de
los libros de su biblioteca le dedicaría por o menos una plegaria.
El tiempo
pasó, Agustín iba a la iglesia con el gusto que le daba estar en su biblioteca
y cuidaba de ésta con la amorosa dedicación con la que participaba en la
iglesia. Fue precisamente ese transcurrir del tiempo el que lo obligó a
plantearse una angustiosa interrogante ¿Qué ocurriría con su biblioteca a su
muerte? Sin descendencia propia y no tener ni siquiera un sobrino, optó por lo
que le pareció una piadosa idea, la parte de libros clásicos y de alto valor
los dejaría a la biblioteca de una afamada universidad, todos los demás serían
para una población elegida al azar para que con ellos se creara una biblioteca
a la que pudiese acudir quien quisiera.
Como
abogado que era, armó todo de tal suerte que no hubiese manera que alguien
abusase de su ausencia. La gestión de sus disposiciones quedó a cargo del
bufete para el que Agustín había trabajado por años y sus colegas, con
respetuosa diligencia aplicaron a rajatabla cuanto él había determinado que se
hiciese.
El día
que cerró los ojos para siempre uno de sus compañeros del bufete inició el proceso
que conduciría a la distribución de sus bienes, de los que la biblioteca
constituía la parte más importante.
Bien se
dice que a pesar de lo que uno proponga no faltará que algo o alguien lo
descomponga, ojalá que la salvación del alma de Agustín no dependa de las
oraciones que por él digan quienes tengan sus queridos libros entre sus manos,
estos fueron a dar a un pueblo que no sabía latín y era analfabeto.
